No suelo necesitar mucho para alcanzar la felicidad plena.
Me gustan pequeñas cosas que a los ojos del resto pasan indiferentes como el
aire. Me gustan los dulces, sobre todo los azules, supongo que será porque me
recuerdan al cielo. Las noches de fría lluvia mientras yo me mantengo cobijada
en mi cama bajo una calentita manta y abrazada a mi dulce bolita de pelo negro.
Me encanta llegar a casa después del instituto y encontrarme sonrisas. No
pierdo la esperanza. Nunca. Me cuesta darme cuenta de la realidad y hacerme a
ella. Yo prefiero siempre mantenerme soñadora en otro feliz mundo, pero sé
perfectamente cuando tengo que ser seria. Sé estar. Me gustan las tardes de
biblioteca cuando no tengo demasiadas cosas que hacer. Adoro los cigarros de
por la mañana después de beberme un té, porque me encantan los tés. Suelo
escribir, pues me resulta como pequeñas terapias conmigo misma. Me vuelve loca
lo raro y abstracto. El chocolate y el picante. Me encanta sentirme importante
y que la gente valore mi esfuerzo. Me llaman la atención las mentes sabias llenas de conocimientos. Las mentes vacías me
aburren. Me gusta escuchar, se me da bastante bien, pero también hablo
demasiado y suelo dar buenos consejos, que serían mucho mejores si yo misma los
pusiera en práctica. Me gustan las flores, los besos, las caricias, las noches
de abrazos y las miradas profundas. Las miradas me encantan, porque reflejan la
totalidad de las personas cuando nuestro caparazón corporal nos impide mostrar
el interior. Soy divertida pero tengo momentos de tristeza. En esos momentos
prefiero llorar sola hasta desahogarme o intercambiar palabras con personas que
me inspiran tranquilidad. Me encanta leer, el cine y la música, cantar en la
ducha y bailar frente al espejo. Me gustan los momentos solitarios. Esos
momentos en los que estoy yo dedicándome a mí.
Ladybug
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